¿Te suena esta imagen?
Es una de las fotografías más famosas de la historia de la astronomía: Los Pilares de la Creación, capturada por el Telescopio Espacial Hubble en 1995.
Lo fascinante de esta escena es que esas colosales columnas de gas y estrellas naciendo en la Nebulosa del Águila llevaban allí una eternidad en el espacio profundo.
No aparecieron mágicamente el día de la foto.
Siempre estuvieron ahí, pero la humanidad necesitó construir un instrumento con la potencia adecuada para poder verlo, y lo logramos porque nació en nosotros el deseo genuino de querer ver más allá de los límites de lo evidente.
Hay algo que me maravilla de esto, y es el paralelismo exacto que guarda con cómo somos por dentro. Como dice el precioso verso de Rubén Darío, “Eres un universo de universos...”
Dentro de ti hay muchísimo más de lo que conoces de ti misma.
Algunas partes las manejas muy bien porque están a la vista.
Otras tantas, permanecen invisibles para ti, escondidas en tu inconsciente porque de niña aprendiste que no eran adecuadas o seguras para que te quisieran.
No es que esos rasgos, capacidades o facetas tuyas no existan en ti; es que todavía no has construido el telescopio interno para poder enfocar su luz.
Por eso me gustó tanto la idea de un corazón que contiene un universo para representar mi proyecto.
Porque el acompañamiento y la terapia no colocan nada nuevo en ti; simplemente funciona como esas lentes del Hubble, te acompaña para que alcances a ver la inmensidad de posibilidades que siempre han estado ahí, en tu psique, en tu alma, en tu corazón…esperando a ser reconocidas e integradas.
La trampa de identificarte con tus etiquetas
Desde pequeños vamos construyendo una idea rígida de quiénes somos para movernos de forma segura por el mundo.
Te dices: «Soy responsable», «soy independiente», «soy buena persona», «soy fuerte», «soy comprensiva».
Pero ¿qué ocurre con todo aquello con lo que no te identificas, con la otra cara de la moneda?:
Si eres responsable, permitirte fallar o ser imperfecta estará terminantemente prohibido.
Si aprendiste que debes ser fuerte, te costará la vida mostrarte vulnerable.
Si te defines como generosa, te sentirás tremendamente mal en cuanto necesites pensar en ti.
Si siempre has sido la comprensiva, te resultará dificilísimo expresar enfado o poner límites.
Sin darte cuenta has aprendido a vivir dentro de una versión diminuta de ti misma, limitada al mapa que conoces e ignorando el resto del vasto territorio que hay más allá.
El camino hacia la completitud
«Prefiero ser un hombre completo antes que un hombre bueno». — Carl G. Jung
Hay una verdad incómoda en esta frase que desarma por completo la educación que recibimos de niños.
Crecer no consiste en esforzarte por encajar en una imagen ideal ni en limar tus imperfecciones para ser la eterna persona "buena". Consiste en tener el valor de querer ver más allá, de construir un instrumento de observación más potente para incluir todo aquello que has rechazado de ti misma.
El psiquiatra Carl G. Jung llamó sombra a esa región profunda de tu inconsciente que se queda fuera de tu identidad cotidiana. Y en tu sombra no solo guardas tus heridas o lo que consideras "malo"; también se quedan atrapadas tus capacidades más valiosas. Son esas facetas que admiras en los demás como si fueran estrellas lejanas, pero que nunca te has permitido encarnar:
La firmeza, para quien siempre ha tenido que ser complaciente.
La sensibilidad, para quien se obligó a mostrarse fuerte todo el tiempo.
La capacidad de pedir ayuda, para quien siempre ha tenido que ocuparse de todo.
Madurar no es ser cada vez más perfecta.
Es dejar de necesitar ser únicamente una determinada clase de persona.
Es ampliar tu telescopio interno y comprender que la paz no nace de fragmentarte para agradar, sino de recuperar tu completitud.
Al fin y al cabo, empeñarte en ser solo la "buena" es como intentar tocar la melodía de tu vida usando una sola tecla de todo un piano.
Las relaciones como el mapa de tus zonas ciegas
¿Y qué tienen que ver los demás en todo esto? Absolutamente todo.
Nuestras relaciones funcionan exactamente como telescopios: apuntan de forma directa e inevitable hacia donde hay algo que mirar dentro de nosotros. Especialmente la pareja y la familia. Son los vínculos más cercanos los que nos obligan a enfocar la lente hacia esas dinámicas inconscientes que de otra forma preferiríamos ignorar.
Cuando un comportamiento ajeno te altere úsalo como un instrumento de observación para hacerte la pregunta clave: “¿Qué se está permitiendo hacer esa persona que a mí me cuesta tanto permitirme?”.
Ahí, el conflicto con el otro puede empezar a pasar de ser una experiencia meramente desagradable a convertirse en información pura; en una señal luminosa que te avisa de que hay una parte de tu propio territorio que está lista para ser descubierta.
El corazón cósmico: un símbolo de integración

Por eso no elegí para mi proyecto un corazón perfecto, plano y simétrico.
La forma irregular y asimétrica de mi logo me recuerda que la totalidad no consiste en eliminar nuestras contradicciones. Justamente aquello que más detestamos, la sombra que rechazamos, lo más imperfecto y lo que más queremos ocultar de nosotros —eso que a nuestro Ego tanto le cuesta mirar— contiene en realidad la llave para ampliar nuestro universo.
Ahí, en lo que descartamos, se esconden todas nuestras potencialidades y el camino hacia la plenitud de nuestro Self.
Y no se trata de cambiar ni de convertirte en otra persona.
Puedes seguir siendo comprensiva y aprender a ser firme cuando toque.
Puedes cuidar de los demás y, a veces, decidir no hacerlo porque eso supone cuidarte a ti.
No tienes que elegir una sola etiqueta de manera permanente y condenar el resto de tu inmensidad a la oscuridad.
No tienes que tocar el piano con una sola tecla.
Por eso mi proyecto representa este espacio. Un lugar en el que damos la bienvenida a la inmensidad de posibilidades que siempre han estado ahí dentro de ti, esperando a ser reconocidas, integradas y vividas en libertad.
Un ejercicio para ti: explora tu espacio profundo
Te propongo hacer una pequeña pausa de autoindagación.
No busques la respuesta perfecta.
Tus etiquetas: Piensa por un momento en una o dos palabras que utilizas siempre para definirte ante el mundo. ¿Qué cualidades usas para explicar cómo eres? (Por ejemplo: «Soy una persona súper resolutiva» o «Soy muy perfeccionista»).
El giro: Ahora, observa tu espacio profundo: ¿Qué es exactamente lo opuesto a esa etiqueta? ¿Puedes ver cómo rechazas esa polaridad en los demás y en ti misma?
El origen: ¿Puedes identificar de dónde procede ese rechazo? Intenta recordar si era algo que se decía o se premiaba en tu casa de niña, o si era una conducta que encarnaba tu padre o tu madre…
El reto: Te animo a que en los próximos días te permitas encarnar deliberadamente, en la medida que sea aceptable para ti, eso que tanto rechazas.
Si te has descubierto definiéndote como la persona impecable que siempre tiene la casa perfecta y le horroriza el desorden ajeno, haz un experimento con tu inconsciente: deja un plato sucio en la encimera de la cocina durante todo el día, a la vista de todos, y sostén la incomodidad de no recogerlo.
Permítete tocar otra tecla del piano. Experimenta qué se siente al romper tu propia regla invisible.
Verás que te sientes terriblemente incómoda.
Verás cómo puede que los demás te lancen las frases que justamente tú te pronuncias a ti misma.
Pero si eres capaz de sostenerlo, verás que no pasa absolutamente nada, y que al otro lado de tu prohibición se esconde un espacio inmenso de libertad.
Porque no estás condenada a vivir en una versión diminuta de ti misma.
Eres muchísimo más de lo que crees ser. Eres un universo de universos…


