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Cristina Gil Rigall · Relaciones conscientes

Relaciones y conflictos · 6 min de lectura

Espiritualidad mal entendida: porque tu espejo no te obliga a aguantarlo todo

La diferencia entre descubrir tu sombra y justificar que te hagan daño.

Cristina Gil Rigall

Mujer de espaldas con pelo largo rizado en una habitación cálida, observando su sombra inconsciente proyectada de forma libre sobre la pared frente a un sillón

Si has leído el caso de Eva en mi guía de autoindagación, recordarás lo automático que resulta terminar cediendo, adaptándote a los planes del otro y silenciando lo que de verdad necesitas para evitar un conflicto.

Si te has sentido identificada con ella, no estás sola. De hecho, a la gran mayoría de nosotras se nos ha educado para ser "buenas". Nos enseñaron que complacer, no hacer ruido y adaptarnos era la forma más segura de ser aceptadas y queridas.

Desde esa posición de niña buena aterricé yo en la espiritualidad, y mi propio patrón de entonces se adaptó a la teoría del espejo de forma peligrosa.

Como me repetían que «el otro es tu espejo», «que no es el otro, que eres tú» y que era mi responsabilidad y que tenía que agradecerle al otro que me ayudara a verme, entendí que no tenía derecho a molestarme con nadie, y que sentía enfado porque no estaba lo suficientemente "elevada" o consciente.

Hoy te lo digo de forma clara y directa:

No, rotundamente no.

Ojo, que sí, que es cierto, y como ideal en un mundo de consciencia de unidad totalmente alcanzado, esa neutralidad absoluta está muy bien. Estoy convencida de que vamos hacia eso. Pero aquí, en la vida real y dual, una cosa es que el otro te ayude a ver tus zonas ciegas (tu sombra) y otra muy distinta es que tengas que aplaudirle.

Te lo aterrizo en un ejemplo:

Imagina que estás cenando con tu pareja o con un grupo de amigos. Alguien, para hacerse el gracioso o lo que sea, saca un tema íntimo tuyo, delante de los demás. A ti se te revuelve el estómago, te quedas paralizada y te callas para no montar una escena.

Que sí, que ahí hay un espejo de tu historia. Tu propia dificultad para defenderte, tu miedo a que se sepan cosas acerca de ti o a poner límites para no perder el afecto de los demás o un patrón de aguantar lo inaceptable con tal de mantener una falsa armonía. No sabemos lo que hay en la sombra. Y que si te quedas ahí sin decir nada, el otro no es responsable de tu silencio; esa respuesta automática es tuya. Estamos de acuerdo.

Pero de ahí a usar la teoría del espejo como excusa para callarte, forzarte a reír la gracia (si no te ha hecho ni pizca) y no poner un límite rotundo si para ti es importante que se mantenga tu privacidad eso no es consciencia; es desprotegerte.

Una pregunta inesperada: ¿Te estás escondiendo detrás de la teoría?

Y si siempre te has callado para evitar problemas, el día que empieces a expresar lo que necesitas es muy probable que no te salga perfecto. Es más, es muy probable que lo digas explotando de rabia. Puede que pierdas las formas. Y no pasa nada. Es el proceso natural. Ya te irás regulando con la práctica.

Discúlpate después, si hace falta.

Pero negar, reprimir o camuflar lo que sientes bajo la alfombra de la teoría jamás será el camino hacia la paz.

Una nueva perspectiva: El verdadero orden de los factores

La consciencia transpersonal bien entendida no te pide que seas un robot inmune al dolor. El orden real es este:

1. Siente la emoción: Si hay rabia, permítete notar esa rabia. No la juzgues de "inmadura".

2. Pon el límite externo: Si la situación vulnera tu bienestar, actúa en el presente. Di que no, reclama lo tuyo o aléjate.

3. Indaga en la calma: Una vez que te has protegido, entonces sí, siéntate a solas y obsérvate: «¿Qué pinta esta situación en mi vida? ¿Qué me está mostrando?»…

Tu poder no está en ser perfecta

Comprender tus patrones inconscientes te ayuda a recuperar posibilidades que no veías, no a justificarte en la sumisión.

Ser espiritual, consciente no es convertirte en un ser de luz impecable e imperturbable; para mí se trata de ir dándose el permiso de ser, con la mayor honestidad posible, lo que una es en cada momento, con tus luces, tus sombras y tus enfados y aprender a defender tu espacio.

Observar lo que te ocurre es un primer paso excelente.

Pero si te descubres justificando los desplantes de los demás o aguantando situaciones incómodas bajo la excusa de que es tu proyección, tu sombra o algo similar, te estás encerrando en el mismo patrón de siempre.

A menudo, no es fácil detectar y hacer saltar por los aires esa regla invisible que te dirige por ti misma. Para eso estoy yo, si tú quieres. En mis sesiones individuales te acompaño a usar el espejo para liberarte, nunca para desprotegerte.

Pero al menos, si te cuesta poner límites en tu día a día o sientes que te guardas el enfado bajo la alfombra de la teoría, puedes empezar a observar(te) desde otra perspectiva.

Tu ejercicio de 3 minutos: El espejo de la honestidad salvaje

Plano medio de una mujer de espaldas realizando un ejercicio transpersonal de autoindagación de la sombra en su hogar

Y si además quieres ir un paso más allá, te propongo un ejercicio (¿incómodo?) pero profundamente liberador.

Busca un momento a solas en casa.

Puedes colocarte de pie con los pies bien apoyados en el suelo para conectar con tu fuerza, o poner una silla vacía frente a ti.

Imagina que ahí delante está esa persona que ha vulnerado tu espacio.

Y, por una vez, olvídate de ser buena, espiritual o correcta.

Permítete soltarlo todo hacia ese espacio.

Permítete soltar todo lo que tienes dentro acumulado.

Dile en voz alta y mirándote fijamente algo así como: «¡Eres un/a gilipollas de mierda! ¡Ya te vale! ¡Estoy harta de… !» (usa las palabras exactas que te salgan del estómago, sin filtros).

¿Qué vas a descubrir con esto?

1. Sacas la energía del cuerpo: La rabia es física. Al dirigirla hacia el exterior, permites que esa carga acumulada salga en un entorno seguro, sin dañar a nadie y, sobre todo, sin machacarte a ti misma.

2. Cambiando tu patrón: Al escucharte decir lo que de verdad piensas, tu inconsciente empieza a entender que no pasa nada por enfadarse, que eres capaz de sostener tu fuerza y que tu voz importa.

Una vez que hayas vaciado el estómago de esa rabia acumulada, te aseguro que te será muchísimo más fácil volver a tu centro, regularte y, entonces quizás sí, paso a paso poner un límite firme, maduro y con medida desde la calma (si dios lo tiene a bien 😊).

Para seguir descubriendo