Si has leído el caso de Eva en mi guía de autoindagación, recordarás lo automático que resulta terminar cediendo, adaptándote a los planes del otro y silenciando lo que de verdad necesitas para evitar un conflicto.
Si te has sentido identificada con ella, no estás sola. De hecho, a la gran mayoría de nosotras se nos ha educado para ser "buenas". Nos enseñaron que complacer, no hacer ruido y adaptarnos era la forma más segura de ser aceptadas y queridas.
Desde esa posición de niña buena aterricé yo en la espiritualidad, y mi propio patrón de entonces se adaptó a la teoría del espejo de forma peligrosa.
Como me repetían que «el otro es tu espejo», «que no es el otro, que eres tú» y que era mi responsabilidad y que tenía que agradecerle al otro que me ayudara a verme, entendí que no tenía derecho a molestarme con nadie, y que sentía enfado porque no estaba lo suficientemente "elevada" o consciente.
Hoy te lo digo de forma clara y directa:
No, rotundamente no.
Ojo, que sí, que es cierto, y como ideal en un mundo de consciencia de unidad totalmente alcanzado, esa neutralidad absoluta está muy bien. Estoy convencida de que vamos hacia eso. Pero aquí, en la vida real y dual, una cosa es que el otro te ayude a ver tus zonas ciegas (tu sombra) y otra muy distinta es que tengas que aplaudirle.
Te lo aterrizo en un ejemplo:
Imagina que estás cenando con tu pareja o con un grupo de amigos. Alguien, para hacerse el gracioso o lo que sea, saca un tema íntimo tuyo, delante de los demás. A ti se te revuelve el estómago, te quedas paralizada y te callas para no montar una escena.
Que sí, que ahí hay un espejo de tu historia. Tu propia dificultad para defenderte, tu miedo a que se sepan cosas acerca de ti o a poner límites para no perder el afecto de los demás o un patrón de aguantar lo inaceptable con tal de mantener una falsa armonía. No sabemos lo que hay en la sombra. Y que si te quedas ahí sin decir nada, el otro no es responsable de tu silencio; esa respuesta automática es tuya. Estamos de acuerdo.
Pero de ahí a usar la teoría del espejo como excusa para callarte, forzarte a reír la gracia (si no te ha hecho ni pizca) y no poner un límite rotundo si para ti es importante que se mantenga tu privacidad eso no es consciencia; es desprotegerte.
Una pregunta inesperada: ¿Te estás escondiendo detrás de la teoría?
Y si siempre te has callado para evitar problemas, el día que empieces a expresar lo que necesitas es muy probable que no te salga perfecto. Es más, es muy probable que lo digas explotando de rabia. Puede que pierdas las formas. Y no pasa nada. Es el proceso natural. Ya te irás regulando con la práctica.
Discúlpate después, si hace falta.
Pero negar, reprimir o camuflar lo que sientes bajo la alfombra de la teoría jamás será el camino hacia la paz.
Una nueva perspectiva: El verdadero orden de los factores
La consciencia transpersonal bien entendida no te pide que seas un robot inmune al dolor. El orden real es este:
1. Siente la emoción: Si hay rabia, permítete notar esa rabia. No la juzgues de "inmadura".
2. Pon el límite externo: Si la situación vulnera tu bienestar, actúa en el presente. Di que no, reclama lo tuyo o aléjate.
3. Indaga en la calma: Una vez que te has protegido, entonces sí, siéntate a solas y obsérvate: «¿Qué pinta esta situación en mi vida? ¿Qué me está mostrando?»…
Tu poder no está en ser perfecta
Comprender tus patrones inconscientes te ayuda a recuperar posibilidades que no veías, no a justificarte en la sumisión.
Ser espiritual, consciente no es convertirte en un ser de luz impecable e imperturbable; para mí se trata de ir dándose el permiso de ser, con la mayor honestidad posible, lo que una es en cada momento, con tus luces, tus sombras y tus enfados y aprender a defender tu espacio.
Observar lo que te ocurre es un primer paso excelente.
Pero si te descubres justificando los desplantes de los demás o aguantando situaciones incómodas bajo la excusa de que es tu proyección, tu sombra o algo similar, te estás encerrando en el mismo patrón de siempre.
A menudo, no es fácil detectar y hacer saltar por los aires esa regla invisible que te dirige por ti misma. Para eso estoy yo, si tú quieres. En mis sesiones individuales te acompaño a usar el espejo para liberarte, nunca para desprotegerte.
Pero al menos, si te cuesta poner límites en tu día a día o sientes que te guardas el enfado bajo la alfombra de la teoría, puedes empezar a observar(te) desde otra perspectiva.
Tu ejercicio de 3 minutos: El espejo de la honestidad salvaje

Y si además quieres ir un paso más allá, te propongo un ejercicio (¿incómodo?) pero profundamente liberador.
Busca un momento a solas en casa.
Puedes colocarte de pie con los pies bien apoyados en el suelo para conectar con tu fuerza, o poner una silla vacía frente a ti.
Imagina que ahí delante está esa persona que ha vulnerado tu espacio.
Y, por una vez, olvídate de ser buena, espiritual o correcta.
Permítete soltarlo todo hacia ese espacio.
Permítete soltar todo lo que tienes dentro acumulado.
Dile en voz alta y mirándote fijamente algo así como: «¡Eres un/a gilipollas de mierda! ¡Ya te vale! ¡Estoy harta de… !» (usa las palabras exactas que te salgan del estómago, sin filtros).
¿Qué vas a descubrir con esto?
1. Sacas la energía del cuerpo: La rabia es física. Al dirigirla hacia el exterior, permites que esa carga acumulada salga en un entorno seguro, sin dañar a nadie y, sobre todo, sin machacarte a ti misma.
2. Cambiando tu patrón: Al escucharte decir lo que de verdad piensas, tu inconsciente empieza a entender que no pasa nada por enfadarse, que eres capaz de sostener tu fuerza y que tu voz importa.
Una vez que hayas vaciado el estómago de esa rabia acumulada, te aseguro que te será muchísimo más fácil volver a tu centro, regularte y, entonces quizás sí, paso a paso poner un límite firme, maduro y con medida desde la calma (si dios lo tiene a bien 😊).


